martes, 30 de agosto de 2011

La "ciencia" económica y su relación con el poder

A continuación, publico para los lectores que están empecinados en criticar la organización económica actual desde la perspectiva neoclásica, esta interesante carta de un lector al suplemento Futuro, espacio dedicado a la ciencia en Página/12, del 18 de agosto de 2001:
La cuestion de la economía
Amigos de Futuro
En primer lugar los felicito por el suplemento. Me parece un medio excelente de divulgación científica. Pero el motivo de la presente no son las felicitaciones –merecidas, por cierto– sino aportar alguna cosa a la sabrosa discusión acerca de si la economía es o no una ciencia. Discusión que resulta más que pertinente aquí y ahora, cuando la inmensa mayoría de la población es sojuzgada en nombre de supuestas “leyes del mercado”. Por otra parte, pido disculpas por la extensión de la misiva, pero la complejidad del asunto me impide resumirlo en un par de renglones.


Para entrar en tema
Para entrar en tema hay que diferenciar la economía como ciencia –si es que logramos establecer que tal cosa existe– de las manifestaciones de tipo político acerca de cuestiones económicas tal como las efectúan los funcionarios del Estado, los técnicos de los organismos “multilaterales”, los banqueros, los consultores y toda la fauna variopinta de lobbistas y opinólogos. El cometido de la economía como ciencia (permítaseme por lo menos el uso provisorio del término) es explicar y comprender los fenómenos y los procesos atinentes a la reproducción material de la sociedad, sujeto a un método científico. Y digo “un” método y no “el” método porque el perfil metodológico de cada ciencia está condicionado por la naturaleza de su respectivo objeto de estudio. Así, por ejemplo, la meteorología, por la naturaleza de su objeto, no puede replicar la metodología de la física, sin que por ello pierda su carácter científico. Y si la economía es una ciencia, es una ciencia social. ¿Pero qué implica esto de ser una ciencia social? ¿Significa un estatus particular que impide la utilización de un método científico? Creo que no.


Complejidades
El hecho de ser una ciencia que se ocupa de una especificidad de lo social (en el caso de la economía se trata de la reproducción material de la sociedad humana) implica que tiene en sus manos un objeto de estudio mucho más complejo que el de la física, por ejemplo. Una de las características singulares de su objeto de estudio es que los sujetos que participan de las relaciones de las que se ocupa la economía tienen capacidad de aprender a partir de su propia experiencia, de modificar su conducta, de crear y de innovar. Y esas capacidades se incrementan en la medida en que la cultura se desarrolla y se complejiza. Por lo tanto los procesos económicos tienden a ser singulares, lo que hace sumamente difícil la observación clásica y las predicciones, porque no hay reiteración de una misma cosa. Por el contrario, el material bajo estudio es un ente vivo sometido a transformaciones permanentes, muchas veces sustanciales. Por ello también es imposible la experimentación (lo que, dicho sea de paso, invalida el método experimental que propone Popper para las ciencias sociales, basado en una ingeniería social fragmentaria).
Ahora bien, ¿esto significa que la economía está ontológicamente impedida de formular leyes? ¿O que no puede utilizar un método científico? Creo que no. Pero aquí hay que hacer un punto y aparte para discernir entre los aportes que pretenden explicar y comprender los fenómenos y los procesos económicos de manera científica, de aquellos que no son más que meras justificaciones ideológicas de las relaciones sociales establecidas y del statu quo vigente en cierto momento y cierto lugar.


Karl Marx


Divisoria de aguas
Dentro del primer grupo podemos incluir un heterogéneo grupo de nombres que va desde Malthus, Marx, Schumpeter, Kalecki, Keynes y tantos otros, hasta los regulacionistas franceses contemporáneos. En el segundo, en tanto, se encuentran los diversos autores que dieron lugar a lo que hoy se designa como main stream o corriente principal, a saber: quienes contribuyeron a constituir el corpus teórico de la teoría marginalista o neoclásica y sus derivaciones, incluyendo las diversas escuelas monetaristas y lasíntesis neoclásica de la teoría keynesiana, que fundara Hicks.
La divisoria de aguas entre unos y otros reside en que desde sus respectivas concepciones teóricas, los primeros trataron de dar cuenta de lo que tenían ante sí: las relaciones económicas tal cual las observaron; mientras los segundos se ocuparon de construir modelos axiomáticos, propios de las ciencias formales, a partir de los cuales pretendieron establecer el deber ser, más que el ser de las cosas económicas. Milton Friedman hace explícito este punto y dice, sin ambages, que la economía es una ciencia normativa.
Cada uno de los integrantes del primer grupo trata de explicar los porqué de las conductas observadas en el o los sistemas económicos que estudia. Fundamentalmente por qué experimentan períodos de expansión que culminaban en una crisis a la que le sucedía un período de depresión. Y cada uno dio una respuesta consistente con su propia concepción teórica. El segundo grupo, en tanto, construye modelos que dicen representar una economía de tipo capitalista y en los cuales a partir de mecanismos mercantiles se llega naturalmente a situaciones de equilibrio o cuasi equilibrio, estables y convergentes.
Las diferencias entre unos y otros van más allá, pero lo señalado hasta aquí es suficiente para encontrar una respuesta a lo que nos ocupa: si la economía es o no una ciencia.
 John M. Keynes
La injusticia económica
Resulta entonces que de los planteos del primer grupo surge una imagen del capitalismo que dista de ser la de una panacea. Por el contrario, aparece sometido a contradicciones endógenas y como fuente de situaciones que, según desde qué intereses se las mire, pueden ser tildadas de injustas. Mientras los planteos del segundo grupo construyen una imagen del capitalismo que lo muestra como un orden estable, de acuerdo con el cual se llega a la mejor de las situaciones posibles para todos quienes participan en él.
La evidencia empírica a lo largo de más de dos siglos de historia del capitalismo contribuye a corroborar las afirmaciones del primer grupo, en tanto refutan, de manera impiadosa, los del segundo. Sin embargo, ¿cuáles son las teorías dominantes en los ámbitos académicos y en los del poder político (las que designo como la “economía oficial”)? Precisamente las segundas, aunque usted no lo crea.
¿Por qué esto es así? Porque en lo atinente a las cuestiones económicas, lo que le interesa al poder no es la verdad científica, sino aquellos discursos que lo legitiman como poder. Esta relación entre ciencia y poder es tan antigua como la historia de la ciencia misma. Y el que no lo crea que le pregunte a Galileo o a Giordano Bruno. El asunto es el mismo. En aquella época, en la que el poder se legitimaba en una supuesta voluntad divina, los autores malditos eran quienes querían explicar racionalmente el orden celeste. Hoy, cuando el poder se legitima en una supuesta igualdad, tanto ante la ley como de oportunidades, a través del mercado, los autores malditos son quienes muestran al capitalismo como algo contradictorio, como un lugar de enfentamiento entre interesescontrapuestos y donde nada permite afirmar la presencia de un principio de equidad universal.


¿Y la ciencia, donde esta?
Pues bien, en cuanto al asunto que nos ocupa, el de la cientificidad, a partir de las contribuciones de los autores del primer grupo se puede establecer la presencia de una ley que rige a los sistemas económicos. Si el conjunto de relaciones que definen a un sistema como una unidad constituye su organización, mientras el conjunto de relaciones efectivas entre los componentes presentes en un sistema concreto en un espacio concreto dado constituye su estructura, en términos sistémicos esta ley se puede expresar de la siguiente manera: una estructura dada de un sistema económico tiene un límite máximo de expansión de acuerdo con los principios que rigen su organización, a partir del cual la entropía se incrementa sin solución de continuidad hasta que la estructura en cuestión colapsa o se transforma. Esto fue enunciado por primera vez por Marx, de acuerdo con las observaciones disponibles en su época y con su propio dispositivo teórico, y contemporáneamente ha sido precisado por los regulacionistas franceses, apelando a un dispositivo conceptual más sofisticado.
Sin embargo, si bien toda la historia de la humanidad señala la presencia de esta ley, la economía oficial no la registra. En cambio establece nimiedades tales como la llamada “ley” de la oferta y la demanda (que no es tal, porque una ley no admite excepciones), que no por casualidad es parte constitutiva de la perfección del orden mercantil que imagina.
La economía política no evoluciona de acuerdo con el modelo de Kuhn, esto es, con revoluciones científicas que dan lugar a paradigmas aceptados por toda la comunidad científica, sino con programas de investigación como los descriptos por Lakatos. Al respecto, la economía oficial es un programa regresivo que sostiene un núcleo tenaz irreductible –el que considera que el mercado es un asignador perfecto y que su libre funcionamiento da lugar a la maximización de la utilidad y a una situación de equilibrio estable– y cuenta con un cinturón protector de hipótesis auxiliares. Estas se encargan de justificar por qué no vivimos en medio del “wonderful world” que establece su núcleo tenaz. Así, resulta que la distancia que media entre la realidad y la tierra prometida se debe a factores “exógenos”, que van desde el Estado hasta las expectativas de los agentes. De esta forma, por ejemplo, en la Argentina que nos toca sufrir escuchamos que nuestras desventuras, distantes del mundo feliz derivado de la panacea que nos promete la economía oficial, se deben o debieron a las empresas públicas, al déficit del Estado, a la conducta de los políticos, etc., etc., etc. En síntesis, lo que se plantea es que el error no reside en la teoría, sino en la realidad (¡?). Por ello, para los escuderos de la economía oficial dos más dos pueden ser cinco, diecisiete o tres. Es decir, no es lo que da la suma sino lo que tiene que dar para justificar la defensa de los intereses del poder.
 Milton Friedman
Politica y economía
Parafraseando a Clinton podríamos decir: ¡es la política, estúpido! La instalación de la irracionalidad en el lugar de la racionalidad responde a la necesidad de legitimación que tiene el poder establecido. Nada tan lejos de la búsqueda de la verdad científica. Es por ello que en los mentideros especializados de los medios de comunicación, se requiere, de forma recurrente, la opinión de “especialistas autorizados”, ninguno de los cuales escribió jamás un mísero paper que merezca ser citado por su contribución científica, ni generó una idea propia digna de mención. En contraposición, nunca se solicita la opinión de verdaderas autoridades enla materia, como es el caso, por ejemplo, del profesor Julio H. G. Olivera, quien es, por lejos, el economista de mayor talla que ha dado la Argentina. Si bien está aquí, entre nosotros, es un ilustre desconocido para la inmensa mayoría de los argentinos. Habría que preguntarse por qué.
En síntesis, y para ir concluyendo, creo que la economía es una ciencia social, y que su método se corresponde con el falsacionismo sofisticado enunciado por Lakatos. Desde ya disiento con el amigo Ariel Solito, en cuanto a que el único modo serio de entender la economía como ciencia es pensándola como la disciplina cuyo objeto de estudio es el valor de todo lo comerciable. En todo caso (porque creo que éste no es el momento ni el lugar para discutir la teoría del valor) ése es un componente del objeto de estudio de la economía y no el único.
El objeto de estudio de la economía política es la reproducción material de la sociedad humana, lo que va bastante más allá del valor de todo lo comerciable. Por otra parte, esto determina que necesariamente la economía debe caminar paso a paso con la antropología. Más aún, me atrevo a decir que si bien cada una de ellas, dada su especificidad constituyen corpus independientes, ambas se co-determinan. Pero eso merecería ser tratado in extenso en otro momento.
Sin más, y a la espera de que estas líneas aporten algo a la discusión, envío un fuerte abrazo.


Rubén L. Guillén

martes, 26 de julio de 2011

Burguesía nacional


Escribe Aldo Ulises Jarma en su blog:
Francisco Olivera termina su columna de ayer en el suplemento económico de La Nación con esta anécdota:

"Eduardo Eurnekian, probablemente el hombre de negocios más hábil que tiene la Argentina, suele decir que para evaluar el desarrollo de las naciones hay que mirar a sus empresarios. El martes, en la Rural, ante La Nacion, durante un almuerzo con periodistas, reforzó la tesis con un latigazo: "Miren dónde trabajan y viven los hijos de los empresarios argentinos: la mayoría está en el extranjero. Eso no pasa ni en Brasil ni en México".
http://aldoulisesjarma.blogspot.com/2011/07/burguesia-nacional.html

Troskistas de la rama de la izquierda nacional (no la terrateniente sojera actual) como Juan Ramón Peñaloza, pintaron de cuerpo entero a la burguesía local. En su libro "Trotsky ante la Revolución Nacional Latinoamericana" (1953) dice:

"Esa burguesía está compuesta en gran parte de extranjeros e hijos de extranjeros, imbuidos de cultura europea, es decir, imperialista, y que no han tenido tiempo de asimilarse ideológicamente al país en que viven, el cual, por otra parte, no estaba en condiciones, debido a su carácter semicolonial, de ofrecerles una cultura autóctona moderna. Dependiendo como depende del imperialismo para proveerse de materias primas, combustibles, equipos, maquinarias y procedimientos técnicos, nada teme más que privarse de esta fuente si da algunos pasos atrevidos; y el continuo contacto que por estos motivos mantiene con él, refuerza aquel extranjerismo ideológico; frente al criollo hijo de la tierra, considérase más bien como una parte de la burguesía europea o yanqui y comparte el odio colonizador, el menosprecio hacia el nativo y hacia las posibilidades del país que caracterizan al imperialismo, La inestabilidad del desarrollo industrial, forjado solo al calor de tres grandes crisis, los altibajos de la política en un país dependiente, no han hecho sino acrecentar su afán peculiar de enriquecerse cuanto antes a costa del país, de llenarse la boca a dos carrillos; este desmedido espíritu de lucro le hace rehuir la paqrticipación en empresas económicas, de larga perspectiva, como la industria pesada, que exigen la renuncia, a algunos super-beneficios iniciales. Agreguemos, además, que las más importantes fábricas son propiedad del imperialismo, que teniendo su centro en la metrópoli no tiene ningún interés en ir más allá. La burguesía industrial argentina, ligada afectiva e intelectualmente con las decrépitas burguesías de las grandes potencias, que, definitivamente caducas, ven en el proletariado a su sepulturero histórico, abriga hacia los obreros nativos, tradicionalmente superexplotados, los mismos temores seniles que aquellas y en sus más modestas reivindicaciones ve de inmediato flamear el estandarte rojo del comunismo. Este es el origen primario de su actitud derrotista frente a un gobierno como el de Perón, que procurando realizar los propios objetivos nacionales de la burguesía industrial, busca el apoyo obrero para resistir al imperialismo, y lo empuja así por las vías del bonapartismo. Nada singulariza mejor cuanto dejamos expuesto que el hecho de que el radicalismo, llamado por su origen a ser su partido, haya decaído y se haya convertido en un instrumento de la reacción imperialista y oligárquica a medida que la burguesía se consolidaba y hacía más fuerte.

Una política nacional y democrática exige ante todo enfrentar decididamente al imperialismo en América Latina, apelando al sostén revolucionario de las masas. La burguesía industrial argentina se siente absolutamente incompatible con esta política que, sin embargo, es la condición de su viabilidad como clase. Oscilando entre los dos polos de esta insoluble contradicción, traza la marca de su irremediable impotencia histórica."

http://www.marxists.org/espanol/rivera/1953/003.htm

Todas estas características son aún perfectamente compatibles con los hijos y nietos de aquellos empresarios de la primera mitad del siglo XX. Y siguen siendo el poder real en el país.

martes, 7 de junio de 2011

¿Influyen los medios masivos?




Stuart Hall en su célebre trabajo “Codificar y decodificar” (1973) tiene el objetivo de hacer una doble crítica:
·        Al carácter reduccionista del conductismo estructural-funcionalista (estímulo-respuesta).
·        A la hipótesis de usos y gratificaciones, que habla de audiencias libres y poderosas, sin tener en cuenta las relaciones de poder y el conflicto.
De este modo, Hall se refiere al carácter de totalidad del PROCESO comunicativo, criticando también al paradigma informacional (EMISOR-MENSAJE-RECEPTOR) por su aparente “transparencia” y linealidad, lo que supone una comunicación perfecta y sin actividad del receptor.
El se va a referir al proceso comunicativo como conformado por diversos momentos implicados en una totalidad. A su vez, cada momento posee características específicas, y no garantiza que se logre el siguiente:

PRODUCCIÓN-CIRCULACIÓN-DISTRIBUCIÓN/CONSUMO-PRODUCCIÓN

Para Hall es imposible separar a la producción de los receptores, ya que los temas y las agendas de la que el primero se nutre, tienen su origen en el segundo.
Tanto la producción como la recepción son activos y cuando el medio (en este caso el televisivo) produce según estructuras de significado que también poseen los receptores.
Los significados que son establecidos por la codificación no son decodificados en forma transparente sino que son reinterpretados y resignificados en la recepción de esta manera, no se produce el “efecto” unilateral que propone la Mass Comunication Research.
Pero lo que si ocurre es que los medios (ya sean verbales o visuales) realizan connotaciones determinadas (se da muy pocas veces la denotación) que van en desmedro, o que rechazan a otras, limitando las opciones de decodificación. Estos significados los hemos aprendido desde tan temprana edad, que muchas veces perdemos de vista que son el producto de una convención y no de la naturaleza. Lo mismo ocurre con el discurso mediático, que ha logrado “naturalizar” determinadas cuestiones (el capitalismo es el mejor sistema, p. ej.) que impide ver que son codificaciones y pasan a formar parte de lo que se da por sentado.
Es así que los medios imponen límites, clausuran opciones y el lenguaje se transforma en un campo de lucha por establecer los significados (algunos a favor del status quo, otros en contra). De esta manera, los medios nos dan SU visión de lo que es el mundo y crean el efecto de realidad.
De todos modos, la recepción establece al menos tres “lecturas “posibles del texto mediático:
·        Dominante: La que genera un acuerdo total con el discurso recibido.
·        Negociada: La que acepta en parte el discurso mediático, significando el resto según los propios marcos de conocimiento.
·        Oposicional: Cuando la lectura es totalmente diferente a la codificación original.

domingo, 8 de mayo de 2011

Estados Unidos: lecciones sobre cómo democratizar “al patio trasero”

  
(…)
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.
 (…)
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser por Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.

Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!
                                                                         

                                                                               Fragmento de “A Roosevelt”, poema dedicado por Ruben Darío al presidente de EE.UU., Theodore Roosevelt


Los padres fundadores sostuvieron el ideal puritano del destino manifiesto, consistente en la predestinación del pueblo estadounidense por sobre el resto. Un pueblo que será capaz de corregir a los desviados.
Un pueblo elegido, como pensó un infame cabo austríaco  más de un siglo después, necesita generarse un “espacio vital”. Por aquel entonces (1823) el presidente James Monroe proclamó “América para los americanos”. Desde luego que para los americanos elegidos solamente, o sea los norteamericanos.
El periodista John L. O’Sullivan, es indicado como el primero en utilizar el concepto de destino manifiesto en un artículo de la revista Democratic Review, de Nueva York, en 1845, bajo el sugestivo título de “Anexión”:

“El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino.”[1]
Sin perder el tiempo, mientras se sacaban de encima a los franceses de Luisiana y a los españoles de Florida con dinero, empiezan a mirar a una joven nación llamada México. En 1845, le quitan el actual estado de Texas (inmortalizado en la mítica película El álamo, en la que los mexicanos son los malos conducidos por el tirano sanguinario Gral. Santana) siguiendo con una guerra de dos años (1846-1848) luego de la cual, despojan a México de la mitad de su territorio.
En 1898 un barco de guerra de EE.UU estalla en el puerto de la Habana. Inmediatamente con la excusa de estar bajo ataque, EE.UU le declara la guerra a España y la despoja de su última colonia en América, Cuba y de las Islas Filipinas.
Se inició el siglo XX con Theodore Roosevelt como presidente que lleva adelante la política del “big stick“ (gran garrote) que mantiene dictaduras pronorteamericanas en toda Centroamérica.
Desde fines del siglo XIX, EE.UU presionaba a Colombia para construir un canal en su provincia del norte que era el istmo que une al continente americano. Ante la negativa de Colombia, súbitamente estalla un movimiento separatista en Panamá, que al poco tiempo permite la construcción del canal.
El siglo XX continúa reforzando el papel de EE.UU como potencia hegemónica del mundo, particularmente luego de la primera guerra mundial. El periodo de entreguerra muestra el reforzado dominio del “patio trasero”. Franklin D. Roosevelt diría acerca de Anastasio Somoza (padre) dictador títere en Nicaragua: “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.
El fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría le darían nuevas excusas a las pretensiones imperiales de EE.UU.: proteger al hemisferio de la “amenaza roja”. Particularmente recordado es el caso de Jacobo Arbenz en Guatemala, que llevando adelante una política de intervención estatal de la economía, fue acusado de comunista y depuesto en 1954 por un militar funcional a los intereses de la empresa United Fruit Company y por lo tanto, de EE.UU.
En 1959 se produce la Revolución Cubana, a la que no le queda más remedio que apoyarse en la URSS debido a la imposibilidad siquiera de apartarse un ápice del destino que EE.UU le había dado a Cuba: burdel y casino donde relajar la dura moral puritana. Esto le costó a Cuba un acoso sistemático por parte de la CIA (Central Intelligence Agency, Agencia Central de Inteligencia) y un bloqueo económico que aun continúa.
La década del 60’ continúa con varias invasiones, siempre con la excusa de combatir al comunismo: Haití, República Dominicana, Santo Domingo, etc. Mientras que la Doctrina de la Seguridad Nacional (política represiva interna, auspiciada por Washington) coordinaba a las dictaduras del cono sur para reprimir conjuntamente a los “elementos subversivos”. Eran los años del Plan Cóndor.
Una coalición de izquierda  logra el triunfo en Chile, llevando al socialista reformista Salvador Allende a la presidencia en 1971. Su proyecto de reforma agraria, la nacionalización del cobre y sus peleas con las empresas de telecomunicaciones norteamericanas, sellaron su destino. El 11 de septiembre de 1973, es derrocado por el general Augusto Pinochet, en un golpe preparado y financiado por la CIA. De inmediato, Chile inicia el experimento de las políticas del economista de derecha Milton Friedman, fundador de la escuela de Chicago (o “Chicago boys”). Es la primera aplicación del neoliberalismo en América Latina, llevando adelante un proceso privatizador y de exclusión social.
A fines de los 70, América Latina está gobernada prácticamente en su totalidad por militares, que se encargan a través de la Tortura y desaparición sistemática de personas, de eliminar a los enemigos políticos de EE.UU. y de sus oligarquías cónsules en cada país.  El guardián de la democracia y de los derechos humanos, enseñaba a militares y policías como realizar contrainteligencia, un eufemismo para la tortura, vejación y exterminio de quien se opusiera al status quo.
A pesar de esto, se produce en 1979, la toma del poder por parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional, que derroca al dictador Anastasio Somoza (hijo). De inmediato, la CIA organiza a los militares opositores y otros mercenarios que con armamento financiado por EE.UU. atacan desde Guatemala y Honduras a la población de Nicaragua. Serán conocidos como los “Contras” (por contrarrevolucionarios). El cerco imperialista y deficiencias de sus propios líderes, agota la experiencia socialista en este país y los sandinistas son derrotados en 1990 en elecciones libres.
En los 80, salvo por la experiencia ahogada en sangre en El Salvador, los destinos de la región son llevados adelante por democracias formales, amenazadas o influenciadas por el poder militar o por el asfixiante peso de la deuda externa. Esto adquiere una nueva dimensión en los 90, con la implementación del Consenso de Washington (un dossier de medidas similares a las llevadas adelante 20 años antes por Milton Friedman en Chile). Serán años duros para Latinoamérica: El Fondo Monetario Internacional (del que EE.UU. es el socio principal) “aconseja” a los países de la región siempre lo mismo: privatizar, liberar de trabas a la inversión extranjera, flexibilizar las relaciones laborales, reducir el gasto público, etc.
El siglo XXI se inicia con una América Latina quebrada, endeudada, con gran nivel de desocupación, de pobreza, de concentración del ingreso… pero aparecen nuevos sujetos en la escena, como Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador; por nombrar a los más irritantes para Washington. Estos gobernantes reivindican el rol del estado, la redistribución del ingreso, la soberanía sobre los recursos naturales. Ideas que obviamente, se apartan de los lineamientos reservados por EE.UU para la región.
Sin perder el tiempo, la CIA se ha dedicado a desestabilizar cada uno de estos gobiernos, con la complicidad de la mayoría de los medios de comunicación, en mano de conglomerados privados. Esta sociedad obró de una manera desvergonzada y abierta en Venezuela, durante el fallido golpe de estado de abril de 2002. Luego del fracaso del golpe, cuando la mayoría de los venezolanos salieron a la calle a pedir por el regreso de su presidente, Chávez fue liberado por los golpistas y reasumió sus funciones, en una gesta popular sin comparación en Latinoamérica.
Así continúa la región su relación con EE.UU, una relación signada por las ambiciones imperiales y el doble discurso del, a decir de Rubén Darío, Cazador del norte.